Educar con amor – Testimonio de una maestra

Tengo el gusto de compartir el testimonio de una mujer que es una seguidora de mi blog desde hace un tiempo. La conocí en las redes sociales y me he dado cuenta que está muy comprometida con su trabajo.

Es una historia diferente en cuanto a que ella, sin ser madre, aplica los principios de la crianza respetuosa con “sus niños”: es maestra.

Te invito a dejarle tus comentarios al final del post.

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Imagen: Photostock/FreeDigitalImages.net

Puedo comenzar hablando un poco de mí, de mi infancia, de todos aquellos factores que han influido en mí para adoptar la crianza con apego en mi vida, porque he comprendido que criar va más allá de proveer material y económicamente a un niño. Criar no es sólo labor de padres y madres, ahora sé, que como maestra, tengo en mis manos el aprendizaje y la salud emocional de mis alumnos.

En este momento en que estoy escribiendo estas líneas, llegan a mi memoria recuerdos de mi infancia y adolescencia, aquellos recuerdos que marcaron mi vida de manera significativa.

Soy la hija mayor de mis padres, tengo un hermano 5 años menor que yo. Desde el momento de mi nacimiento, mi crecimiento estaría marcado por el machismo de mi papá, por la forma en que fue educado, y de esperar un varón como primogénito, ahí es donde comienza mi camino, en mi nacimiento.

Fui criada de manera “convencional” con una madre amorosa y cariñosa, pero inexperta en temas de crianza y siguiendo siempre los bien y mal intencionados consejos de familiares; por un padre estricto, exigente, mal humorado y poco cariñoso, supongo que mi infancia la viví de lo mejor, teniendo a manos llenas lo que deseaba, juguetes, atención, las mejores escuelas, pero eso no era lo que yo necesitaba, yo quería tiempo.

Tengo un papá que nunca aceptó calificaciones por debajo de un 10, que arrancaba las hojas de mis cuadernos y me hacía repetir esas interminables planas y copias de libros. Nunca lo conmoví con mis súplicas y mis lágrimas, mi obligación era ser la mejor estudiante y la mejor hija.

Al llegar a la secundaria comencé a demostrar lo que posiblemente era mi inconformidad ante la vida, ante el trato de mis padres, por lo tanto fui catalogada como una hija “problema”, una hija rebelde que no hacía más que dar problemas a sus padres.

Al llegar a la preparatoria, todo iba de mal en peor. Perdí el interés por estudiar, por socializar, por entablar conversaciones familiares, me volví retraída, contestona, burlona, y me cerré a toda posibilidad de cambio. Ahora sé que esa era mi arma de defensa, mi manera de decir que estaba en desacuerdo con todo lo que pasaba en mi entorno familiar, en ese momento no lo sabía, me sentía mala hija, mala hermana, sentía que defraudaba a mi familia.

Así pasaron los años, hasta que me enfrenté a la decisión de elegir una carrera. No acepté entrar a la UNAM, ni al IPN, por miedo. Miedo a tomar decisiones, miedo a no saber qué hacer lejos de casa, miedo a perderme en esas escuelas tan inmensas, miedo a estar lejos de mis padres, quienes hasta ese momento me habían resuelto la vida.

Fue así como llegué a estudiar pedagogía en una universidad privada y relativamente nueva; entre frustrada y enojada conmigo y con la vida, estudiando una carrera que yo no quería, que sólo elegí por sentirme presionada, por sentir que eso era “lo que tenía que hacer”. Poco a poco fui cambiando mi perspectiva de ver las cosas, en la escuela me daban clases de desarrollo humano, y pronto comencé a sobresalir entre mis compañeros con mi buen desempeño académico y buena disposición para estudiar y para aprender, aunque al parecer eso no era suficiente para mi papá, el no creía en mí, no tenía esperanzas en mi, ni en lo que hacía.

De pronto comencé a desear convertirme en madre, necesitaba “algo” que me motivara a seguir viviendo, algo que me hiciera amar la vida, amarme a mí misma. Investigué sobre embarazo, sobre crianza, y me juré que jamás criaría a ese hijo, como yo había sido criada; yo me entregaría en cuerpo y alma para hacerlo feliz. Pero pronto me di cuenta que no estaba lista para ser madre, entendí que ser madre implica mucho más que el deseo de querer serlo y así fue como mis prioridades fueron cambiando.

Llegó el momento de hacer mi servicio social, lo hice atendiendo a niños con problemas de aprendizaje. Ahí fue cuando mi panorama cambió radicalmente. Me di cuenta que esos niños necesitan amor para aprender, me di cuenta que a la gran mayoría de las maestras les importa nada si el niño aprende o no, comprendí que con gritos y enojos no se logra nada. Fue en ese momento cuando decidí cambiar, cambiar mi modo de ver la vida, la crianza y la educación y aquí es donde comienza mi lucha conmigo misma, mi lucha con romper patrones de crianza, mi lucha para desprenderme de todo aquello que me hizo daño, mi lucha para perdonar y perdonarme, una lucha que aún no termina.

El día de hoy soy una maestra comprometida con la educación, con el aprendizaje y con la salud emocional de mis alumnos. Mi camino no ha sido fácil, día a día lucho con los fantasmas y las telarañas que habitan mi mente, contra las ganas de gritar y de imponerme frente a mis alumnos, de decir: “yo soy la maestra y se hace lo que digo”. Vengo huyendo de una educación tradicionalista, voy contra corriente, re-educo papás, y me re-educo a mí misma, cada día peleo con mis recuerdos y hasta hoy voy ganando camino.

He impuesto nuevas reglas en mi vida y en mi salón de clases, peleo conmigo misma para no gritar, para no explotar y para no dejar que la ira me domine, mis nuevas reglas son: ABRAZAR, BESAR Y AMAR MUCHO, GRITAR Y ENOJARME POCO.

Seguiré en este camino que yo misma voy construyendo, seguiré peleando contra mí y contra la educación tradicional, me he prometido no caer en aquellos errores que dañan niños, en no caer en esa educación tradicional de la que vengo escapando.

Ahora comprendo que está en mí romper esa cadena de “educación” y crianza, esa educación basada en gritos y castigos.

Si le grito a un niño su mente se bloqueará y no será capaz de comprender lo que pretendo, en cambio, si le hablo con RESPETO y AMOR, su mente y su corazón se abren dando paso a nuevos conocimientos…

Ariadna Salinas Mondragón

Comments

  1. Hola Ariadna,

    Qué valiente testimonio has dejado por aquí, es muy díficil ir contra corriente con el estilo en que hemos sido criados y el que deseamos desarrollar pero creo que tu lo estas haciendo maravillosamente considerando la manera en que elegiste tu profesion y además porque aparte de todo no es ni con tus propios hijos sino con los ajenos !!! Muchas felicidades por tu esfuerzo y ojalá cada vez la crianza con apego se difunda más por los salones de clases.

    Gracias Roxy por publicar el testimonio y saludos para ambas.

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